Les deseo una abuela como la mía

Un comentario

Estoy hace días dándole vueltas a escribir algo sobre ella. Los que me conocen saben lo que era Nani, mi abuela materna, para mí. La despedimos el lunes de la semana pasada, pero nos veníamos diciendo hasta la próxima todos los días desde hace algún tiempo.

Para mi —y para todos los que estábamos cerca— ella era como highlander o el ave fénix, tenía 93 años y el cuerpo lleno de nanas pero siempre renacía de sus cenizas.

Mi abuela fue la que hizo las últimas milanesas que comí antes de ser vegetariana (hace más años de los que se imaginan), fue a la que le regalé tardes enteras de mis años de facultad cuando me quedaba a acompañarla para que mi abuelo saliera y por ella miraba “Saber vivir” en Televisión Española.

Mi abuela, que desde una fractura de cadera no pudo usar más tacos, me legó una colección de zapatos a medida (de la Ópera, menos no) que usé hasta el cansancio – y la destrucción– y de los cuales conservo unos cuantos pares.

La ropa de mi abuela está en mi placard, en forma de camisas, faldas, vestidos y hasta accesorios. Todo cosas que me iba prestando o regalando y que siempre atesoré.

Cuando me fui a Barcelona, ella ya tenía 91 y lo único que le pedí a Dios fue que no se la llevara mientras estaba allá. Durante el año que estuve en Europa me llamó miércoles y domingos, por FaceTime para verme y sin falta. Desde el principio me preguntó cuándo iba a volver hasta que un día volví. Volví porque sabía que las personas no son inmortales y porque quería estar con ella al máximo, el máximo que la vida me la regalara. Llegué una mañana de jueves  (creo) y lo primero que hice fue ir a su casa a tomar sopita con ella.

La disfruté un año y medio más y no puedo estar más agradecida, porque con sus nanas siempre estuvo presente.

Hace sólo unos días me propuso que me “escapara del diario 15 minutos” para irme a tomar una sopita riquísima con ella y no entendía que del Centro a Carrasco era imposible “escaparme”.

Conmigo se quedarán para siempre las sopitas hechas especialmente, su sonrisa cuando le lleve alfajorcitos de maicena el jueves antes que se fuera y las barbaridades que decía cuando el filtro brillaba por su ausencia. Siempre la tuve bien cerquita, en todo momento y mientras escribo esto sé que está ahí.

Mi abuela fue única, estuvo presente y nunca perdió su espíritu. Incluso cuando el futuro era oscuro ella fue una luz.

De corazón, les deseo a todos una abuela como la mía.

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