Mi educación y la discriminación 

Un comentario

Este viernes tuve la oportunidad de escribir una de las notas que más me gustan para Eme de Mujer, sobre las primeras Jornadas sobre Trastornos del Espectro del Autismo, que coordina Maga Fernandez y el grupo Crear Una Vida.

Después de escribir la nota me quede pensando mucho sobre mi educación y la verdad es que siempre supe que fue poco convencional y de niña la sufrí un poco pero hoy estoy agradecida.

Mi educación fue así fui al jardín desde los 2 años en el Toy Toy, hice la escuela en Cuarahí, el liceo en Santa Elena Lagomar y la facultad y maestría en la Universidad Católica. Digo que fue poco convencional porque viví siempre en la Ciudad de la Costa y tuve la fortuna de que mis padres eligieran que tuviera la educación que tuve.

Para mi no existió diferente hasta que me hice adulta. En el jardín tenía compañeros con discapacidades y para mi siempre fueron uno más, aunque en el recreo no se pudieran subir a la jaula de monos amarilla que había en el patio, también estaban los que tenían tiempos diferentes, pero a mis ojos eran un compañero más, todos estábamos aprendiendo a pintar, a dibujar y a escribir nuestros nombres.

Después pasé a Cuarahí, ya su nombre es raro quiere decir en guaraní “morada donde nace el día”, algo difícil de ver en un colegio sin duda y la escuela era muy diferente. Para empezar teníamos huerta, hacíamos nuestra propia merienda que vendíamos después en una cooperativa que nosotros mismos gestionábamos, teníamos plástica, mascotas, una compostera donde reciclábamos nuestros residuos orgánicos para que las lombrices hicieran humus, un campito donde nenas y varones jugábamos al fútbol por igual, el túnel que era el cerco de la escuela al que trepandonos a las ramas de los árboles pasábamos nuestras horas y juntamos plata para comprar la mesa de ping-pong vendiendo las plantitas de la huerta; hacíamos natación y karate, un deporte extraño pero que sin dudas dejó marcas en todos lo que lo practicamos porque nuestro profesor era muy exigente y nos hizo aprender las reglas de conducta de pe a pa: “ser sincero, leal y puntual, tratar de superarse, abstenerse de procederes violentos, respetar a los demás”  rezábamos todos. También tenía otras cosas, no estaba habilitado, prometí la bandera y canté el himno en 4to de escuela y nunca aprendí la canción “Mi bandera”, para festejar Halloween tuvimos que rebelarnos, también me rebele contra el profesor de karate cuando nos trato de “burritos” y le mande una carta a la mama de Leandro cuando nos dejo a las nenas de la clase afuera del cumple del chiquilín que iba a ser un partido de fútbol por ser nenas…

Cuarahí fue especial, éramos 60 en total, en toda la escuela, en mi clase éramos siempre 6 u 8, y solíamos compartir maestra con los de un año más. En la escuela éramos todos iguales, no había diferencias, nadie te iba a dejar de lado porque eras diferente, porque todos éramos diferentes. En mi generación éramos 8, en segundo de escuela compartía la clase con compañeros que tenían 12 años y yo tenía 7. La verdad es que nunca me afecto, crecí rodeada de un montón de personas diferentes a mi a las que fui aprendiendo a querer y sabiendo que no todos somos iguales y tenemos diferentes tiempos y formas de aprender.

Las diferencias eran distintas, algunos tenían problemas de conducta y en otros colegios no los supieron manejar, otros tenían problemas de aprendizaje, otros autismo, otros síndrome de down, pero en Cuarahí no había etiquetas éramos personas y nos respetábamos y así crecí. No fue fácil, tenía 11 años y mi compañero de 15 estaba enamorado de mi y para mi era una tortura porque sus goles dedicados con amor terminaban con un pelotazo en mi cabeza, gracioso, ahora en aquel momento terrible. A lo que voy es que todo eso, complementado con que el Santa Elena que a pesar de ser un colegio grande también buscaba que fuéramos todos iguales y tolerantes, me formo a no ver la diferencia entre las personas y entender que para que la sociedad sea inclusiva deben haber más colegios como Cuarahí, más lugares en que no importe ser nena, varón, rico, pobre o tener unas capacidades y otras no, hay que empezar por educar, educar en valores, en respeto y en no tener miedo a lo diferente. La diversidad siempre enriquece, sea como sea y por eso me llena de alegría que existan personas como Maga, comprometidas con Crear Una Vida y que organicen jornadas como la del viernes que viene.

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Singular: 1 comentario en “Mi educación y la discriminación ”

  1. Una vez mas tu entrada me emociona, pero esta vez, ademas creo que necesita mas difusion. Si, creo q una nota de esta naturaleza bien vale ser conocida por aquellos q te abrieron las puertas del conocimiento con metodos menos convencionales porque es una suerte de reconocimiento a su manera de ver la educacion y como impartirla. Y, tambien deberia ser conocida x aquellos papas q se pueden sentir solos frente a las inhabilidades q presentan sus hijos, cuando, x suerte hay instituciones q los reciben con amor para educar sin distingos. Y finalmente, xa q aquellos q discriminan y solo apuntan a los excelentes, simplemente reflexionen acerca de la sociedad q fomentan.
    Como siempre FELICITACIONES!!!!!

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